Hay un error común —y costoso— que cometen muchos aspirantes a cargos públicos: creen que la campaña comienza cuando lo dice el cronograma electoral. Nada más lejos de la verdad. En mi experiencia, las campañas empiezan mucho antes. Comienzan el día que el candidato, en soledad o frente a su equipo más cercano, toma la decisión de competir. No me refiero al momento simbólico de anunciar su aspiración o al acto formal de inscribirse. Hablo del instante en que, con plena conciencia, decide poner su vida —personal, profesional, emocional— al servicio de un proyecto político. Ese momento, aunque silencioso, lo cambia todo.
En ese punto, aunque muchos no lo perciban, se activa la campaña. Y, como estratega, sé que, si no entramos con claridad desde el principio, el caos se apodera de todo.
El caos fundacional: un territorio que conozco bien
El sentido original de la palabra “caos” no es el de una confusión sin forma que desafía toda racionalidad, sino el de vacío, abismo o tinieblas en donde no podemos advertir el sentido de las cosas y en el cual nos podemos perder. Algo similar ocurre al inicio de las campañas. En los primeros días, lo que predomina es el desconcierto. He visto una y otra vez cómo la duda se cuela en la mente del candidato:
—¿Estoy haciendo lo correcto?
—¿Tengo el caracter y la energía para resistir lo que viene?
—¿Cuento con el respaldo suficiente, los recursos necesarios, el equipo adecuado?
A esto se suma una avalancha de “buenas intenciones”: familiares entusiastas que quieren opinar en todo, amigos bienintencionados que ofrecen ayuda sin tener idea del rigor de una campaña, y un desfile de espontáneos que se presentan como expertos solo porque han seguido elecciones desde la televisión. En este punto, la confusión es total.
Salir rápidamente de esta fase, con lucidez y decisión, no es un lujo: es una ventaja estratégica. Quien logra ordenar su mente y su entorno en esta etapa, saca metros de ventaja frente a competidores que siguen improvisando mientras creen estar avanzando.
La formalización de la decisión: cuando el proyecto toma cuerpo
Cuando el candidato dice “sí, voy a competir”, el proyecto político deja de ser una idea para convertirse en una empresa en marcha. Y como en cualquier empresa, el primer diagnóstico duele:
—No hay estructura organizativa.
—No existe una narrativa potente que explique el “para qué” de su candidatura.
—Faltan recursos financieros y humanos.
—Y, sobre todo, se evidencia la ausencia de un enfoque profesional.
Ahí es donde entra el estratega. Y permítanme ser enfático: un estratega no es un adorno ni un consultor decorativo. Es el arquitecto de la campaña. Y su papel no es dar ideas bonitas ni frases rimbombantes. Su responsabilidad es construir una ruta ganadora, tomando decisiones difíciles, alineando equipos, diseñando la comunicación, ordenando el trabajo territorial, manejando las crisis que vendrán y generando coherencia entre el discurso y la acción.
El vínculo entre el candidato y el estratega: confianza o nada
He participado en campañas donde el candidato me dio plena autoridad para conducir la estrategia y mi palabra se respetó como un eje rector. Esas campañas caminaron con coherencia, incluso en medio de la adversidad. También he estado en otras donde mi rol fue constantemente saboteado por entornos tóxicos, egos desbordados o improvisaciones permanentes. En esos casos, la campaña se convirtió en un campo de batalla interno… y perdió mucho más que una elección: perdió su sentido.
Para que la estrategia funcione, el estratega debe tener dos cosas fundamentales:
- Instancia real de mando: Si las recomendaciones estratégicas se diluyen en el ruido del entorno o son constantemente modificadas por terceros sin conocimiento técnico, la campaña pierde rumbo. El estratega necesita un canal directo con el candidato, y el respeto a su criterio debe ser firme, incluso cuando duele.
- Retribución profesional digna y oportuna: Este es un tema del que pocos hablan abiertamente, pero es crucial. Cuando el pago de los servicios se retrasa o se pone en duda, el compromiso del equipo se erosiona. No por falta de vocación, sino porque el respeto profesional empieza también por lo económico. La puntualidad en el pago no solo garantiza dedicación, también transmite que el proyecto se toma en serio a sí mismo.
La estrategia empieza desde el primer día
Esperar al inicio formal de la campaña para profesionalizarla es como tratar de entrenar al piloto cuando el avión ya está en el aire. Una campaña ganadora se construye desde antes, mucho antes. El posicionamiento, el mensaje, las alianzas, el equipo, la estructura logística… todo eso comienza a gestarse desde el primer momento en que se decide competir.
He visto candidatos agotados antes de llegar a la recta final porque improvisaron demasiado al inicio. También he visto otros que, gracias a un acompañamiento profesional temprano, llegaron a la elección con una narrativa clara, un equipo sólido y la fuerza emocional intacta.
La verdad es una sola: no se gana el día de la elección, se gana el día que se decide competir
Toda victoria electoral tiene un punto de origen. Y ese origen no está en las urnas, ni en la propaganda, ni siquiera en el primer acto público. Está en la decisión íntima y personal de competir con seriedad y profesionalismo.
Como estratega, mi mejor consejo es claro: no esperes a que te abrume el caos. La estrategia no es algo que se añade a la campaña: es el alma que le da forma desde el primer día.
Con el estratega adecuado, el camino deja de ser incierto. Y aunque no garantizamos milagros, sí garantizamos algo más poderoso: claridad en medio del caos, estructura donde hay confusión, y rumbo donde muchos solo ven deseos.

Y eso, créanme, es la diferencia entre llegar… o quedarse en el camino.